La Casa De Citas (3 стр.)

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En el resto del salon siguen desarrollandose las intrigas locales, como si no pasara nada. A la derecha y en primer plano, por ejemplo, dos mujeres, bastante cerca una de otra y visiblemente unidas por algun asunto momentaneo, aunque no parecen estar conversando, no han visto aun nada y prosiguen la escena iniciada sin preocuparse de lo que ocurre a diez metros de ellas. La mayor, sentada en un sofa de terciopelo rojo -o mejor dicho, de terciopelo amarillo-, observa sonriendo a la mas joven, de pie ante ella, pero vuelta de perfil en otra direccion: hacia el hombre de estatura alta que escuchaba hace un momento distraidamente al bebedor de champan, junto al buffet, y que, ahora solo, permanece apartado de la gente frente a una ventana de cortinas corridas. La joven, al cabo de unos segundos, vuelve a mirar hacia la senora sentada; su semblante, de frente, aparece grave, exaltado, bruscamente decidido; da un paso hacia el sofa rojo y, con mucha calma, subiendose un poco el borde inferior del vestido con un movimiento flexible y gracil del brazo izquierdo, hace una genuflexion ante Lady Ava, que, con mucha naturalidad, sin impresionarse, sin dejar de sonreir, tiende una mano soberana, o condescendiente, hacia la joven arrodillada; y esta, cogiendo con dulzura la punta de los dedos de unas esmaltadas, se inclina para poner en ellos sus labios. Con la nuca inclinada, entre los rizos rubios…

Pero la joven se incorpora enseguida con movimiento vivo y, de pie, desviando la mirada, se dirige resuelta hacia Johnson. Despues, de golpe, se precipitan las cosas: las cuatro frases convenidas que intercambian, el hombre que se inclina en un saludo ceremonioso ante su interlocutora, cuyos ojos siguen modestamente bajos, la criada eurasiatica que entra en la sala apartando la cortina de terciopelo, se detiene a pocos pasos de ellos y se queda mirandolos en silencio, sin que los rasgos de su rostro, tan inmoviles como los de un maniqui de cera, denoten ningun tipo de sentimiento, la copa de cristal que cae al suelo de marmol y se rompe en fragmentos menudos, centelleantes, la joven de cabello rubio que se queda contemplandolos con mirada vacia, la criada eurasiatica que avanza como una sonambula por entre los residuos, precedida por el perro negro que tira de la correa, los finos zapatos dorados que se alejan a lo largo de la linea de tiendas de comercio sospechoso, la escoba de paja de arroz, que, rematando su trayectoria curva, barre la portada ilustrada de la revista hasta la cuneta, cuya agua cenagosa arrastra la imagen de colores haciendola girar al sol.

La calle, a estas horas del dia, esta casi desierta. Hace un calor humedo y bochornoso, aun mas agobiante que de ordinario en esta epoca del ano. Los postigos de madera de las tiendecillas estan todos cerrados. El gran perrazo negro se para espontaneamente delante de la entrada habitual: una escalera angosta y oscura, muy empinada, que arranca exactamente a ras de la fachada, sin ningun tipo de puerta ni pasillo, y que sube directamente hacia unas profundidades en las que la vista se pierde. La escena que se desarrolla entonces carece de precision… La joven mira rapidamente a derecha e izquierda, como para cerciorarse de que no la vigila nadie, despues sube la escalera, todo lo aprisa que le permite el largo traje cenido; y, casi en el acto, vuelve a bajar llevando junto al pecho un sobre muy grueso y deformado, de papel pardo, que parece atiborrado de arena. Pero ?que ha pasado entretanto con el perro? Si, como todo lo indica, no ha subido con la chica, ?habra esperado tranquilamente al pie de la escalera, sin necesidad de la correa? ?O lo habra atado ella a alguna anilla, alcayata, pomo de pasamano (pero la escalera no tiene pasamano), aldaba (pero no hay puerta), clavo de alas de mosca, de gancho, viejo clavo toscamente curvado hacia arriba, retorcido y oxidado, hundido en la pared en ese lugar? Pero ese clavo no es muy solido; y la presencia insolita de semejante animal, que distingue la casa sin ambiguedad, expondria inutilmente esta a la curiosidad de posibles observadores. O acaso el intermediario se hallaba en la oscuridad, casi al comienzo de las escaleras, y la criada eurasiatica no ha tenido que subir mas que dos peldanos, sin soltar la correa, y alargar la mano hacia el sobre -o el paquete- que le tendia el personaje invisible, para volverse sin perder mas tiempo. O mas bien, habia en efecto un personaje al comienzo de la escalera y estaba realmente alli esperando, pero se ha limitado a acercar la mano para coger el extremo de la correa que le ha dado la criada, mientras ella subia corriendo la exigua escalera para llegar hasta el intermediario, que habia permanecido en su cuarto, despacho, oficina o laboratorio.

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