La Casa De Citas

Тема

Titulo de la edicion original: La Maison de rendez-vous

Traduccion: Josep Escue

El autor quiere hacer constar que esta novela no puede considerarse en modo alguno un documento sobre la vida en la colonia inglesa de Hong Kong. Todo parecido, de decorado o situaciones, con aquella seria mero resultado del azar, objetivo o no.

Y he aqui que el mismo hombre gordo y sanguineo se interpone de nuevo, hablando otra vez en voz alta de la vida de Hong Kong y las tiendas elegantes de Kowloon, donde se encuentran las sedas mas bellas del mundo. Pero se ha interrumpido en medio de su discurso, con los ojos rojos levantados, como intrigado por la atencion que cree fijada en el. Ante el escaparate, la paseante de cenido traje negro tropieza con la mirada que refleja la luna de cristal; se vuelve despacio hacia la derecha, y prosigue su marcha con el mismo paso uniforme, bordeando las casas, sujetando del extremo de la correa tensa al perrazo de pelo brillante, cuya boca entreabierta deja escapar un poco de saliva, para cerrarse luego con un chasquido seco.

En este momento pasa por la calzada, junto a la acera por la que, con paso corto y rapido, se aleja la joven del perro, y en la misma direccion que ella, una jinrikisha tirada a buen trote por un chino vestido con mono, pero tocado con el sombrero tradicional, en forma de cono de base ensanchada. Entre las dos altas ruedas, cuyos radios de madera estan pintados de color rojo vivo, la capota de lona negra que avanza como un alero sobre el asiento unico oculta por completo al cliente sentado en el; a no ser que este asiento, que por detras resulta a su vez invisible, este vacio, ocupado tan solo por una vieja almohadilla aplastada, cuyo hule agrietado, raido a trechos hasta la tela, deja escapar su miraguano por el agujero de uno de los angulos; asi se explicaria la asombrosa rapidez con que puede correr este hombrecillo de aspecto enclenque, con los pies descalzos, cuyas plantas renegridas aparecen alternativamente de modo mecanico entre los varales rojos, sin aminorar nunca la marcha para recobrar aliento, de modo que pronto ha desaparecido al final de la avenida, donde empieza la sombra densa de las higueras gigantes.

El

El buffet se ha vaciado considerablemente. El acceso es facil, pero ya no queda casi nada en las bandejas de sandwiches y pastelitos, irregularmente esparcidas sobre el mantel arrugado. El hombre que ha vivido en Hong Kong pide una copa de champan, que un camarero de chaqueta blanca y guantes blancos le sirve al momento en una bandeja rectangular de plata. La bandeja queda un instante suspendida sobre la mesa, a unos veinte o treinta centimetros de la mano extendida del hombre, que se disponia a coger la copa, pero que esta pensando ahora en otra cosa, tras recobrar su voz fuerte y algo ronca para hablarle de sus viajes a ese mismo companero mudo, hacia el que se vuelve de medio lado, levantando la cabeza, ya que es mucho mas alto que el. Este, por el contrario, mira la bandeja de plata y la copa de champan amarillo por el que ascienden pequenas burbujas, la mano en guantada de blanco, y luego al propio camarero, cuya atencion acaba de dirigirse a otro lado: un poco atras y hacia abajo, a una zona oculta por la larga mesa cuyo blanco mantel llega hasta el suelo; parece observar algo, acaso un objeto que se le ha caido por descuido, o que alguien ha dejado caer o ha tirado voluntariamente, y que va a recoger cuando el invitado rezagado que ha pedido champan haya cogido su copa de la bandeja, la cual se inclina ahora peligrosamente para el liquido burbujeante y su recipiente de cristal.

Pero, sin reparar en ella, el hombre sigue hablando. Cuenta una historia tipica de trata de menores, cuyo principio falta pero resulta facil de reconstruir al poco rato en sus lineas generales: una chica comprada virgen a un intermediario cantones y vuelta a vender posteriormente por el triple del precio inicial, en buen estado pero tras varios meses de uso, a un norteamericano recien llegado, que se habia instalado en los Nuevos Territorios con el pretexto oficial de estudiar sus posibilidades de cultivo de… (dos o tres palabras inaudibles). En realidad cultivaba canamo indico y adormidera blanca, pero en cantidades razonables, lo cual tranquilizaba a la policia inglesa. Era un agente comunista que disimulaba su actividad verdadera tras otra mas anodina: la fabricacion y el trafico de diversas drogas, a muy reducida escala, suficiente para su consumo domestico y el de sus amigos. Hablaba cantones y mandarin, y, naturalmente, frecuentaba la Villa Azul, donde Lady Ava organizaba espectaculos especiales para algunos intimos. Una vez se presento la policia en su casa a mitad de una fiesta, pero una fiesta perfectamente normal, organizada seguramente como tapadera, tras una falsa denuncia cursada a la brigada social. Cuando los gendarmes en short caqui y calcetines blancos irrumpen en la villa, solo encuentran tres o cuatro parejas bailando aun en el gran salon con correccion y elegancia, algunos altos funcionarios o conocidos hombres de negocios conversando aqui y alla, sentados en los sillones o los sofas, o de pie junto a una ventana, y que vuelven unicamente la cabeza hacia la puerta sin cambiar de posicion, de espaldas en el marco o con la mano sobre el respaldo de una silla, una joven que suelta una carcajada burlona ante el aire de sorpresa de los dos adolescentes con los que estaba charlando, tres caballeros rezagados en el buffet, donde uno de ellos pide una copa de champan. El camarero de chaquetilla blanca, que miraba el suelo a sus pies, dirige los ojos a la bandeja de plata, que endereza para presentarla en posicion horizontal, diciendo: «Aqui tiene, caballero.» El hombre gordo y colorado dirige la mirada hacia el, advirtiendo entonces su propia mano olvidada en el aire, sus falanges rechonchas medio dobladas sobre si mismas y su sortija china; toma la copa, que se lleva al punto a los labios, mientras el camarero deja la bandeja sobre el mantel y se agacha para recoger algo detras de la mesa, que lo oculta casi totalmente unos segundos. Solo se ve su espalda encorvada, en la que la chaqueta corta y cenida se ha deslizado sobre el cinturon del pantalon negro, dejando al descubierto una franja de camisa arrugada.

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